Esta mañana mientras escuchaba el noticiero supe de la muerte del sacerdote católico Marcial Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo; la nota se repitió a lo largo del día, y no le habría prestado mayor atención de no ser por la forma en que se transmitió por Televisión Azteca. La semblanza del prelado, signada por Oscar Campos, contiene prácticamente los mismos detalles difundidos en televisión y habla acerca de su trabajo y logros como superior de la orden, mencionando la “vida reservada de oración y penitencia” que a instancias del Vaticano llevó Maciel al final de su vida. Curiosamente, no se hace ninguna referencia a que semejante “invitación” de la Santa Sede fue la conclusión al escándalo de pederastia en el que se vio envuelto el sacerdote desde la denuncia en 1997 de ocho de sus víctimas, y la olvidadiza y discreta cobertura de TV Azteca pareciera disculpar, igual que muchos, las acciones de Maciel, que desde los cincuentas aparecen referenciadas hasta por él mismo según la carta dirigida a Juan Pablo II por los ocho exlegionarios denunciantes, y publicada en la revista Milenio, el 8 de diciembre de 1997. Si la opinión pública es escasamente conocedora de estos datos es por la presión que para ello han ejercido los Legionarios de Cristo y sus simpatizantes, apuntalados ante la cúpula del poder económico mexicano.
Para beneplácito de los jerarcas católicos, parece difícil discutir el tema ante la sociedad por el profundo arraigo de esta religión en la idiosincrasia nacional, y por la forma en que dicha circunstancia es usada por el estado eclesiástico para influir en la postura de la opinión pública. Sin embargo, es de sentido común concluir que el abuso sexual de menores es un crimen desde todas sus facetas, y ya han salido a la luz otros casos, como el de Nicolás Aguilar, que revelan el problema que presentan a la sociedad estas conductas persistentes. Sabiendo que, en contraste a otros países, en Latinoamérica basta la influencia cultural del clero para garantizarle impunidad, el epitafio “descanse en paz” se antoja humillante y burlón ante las voces que reclaman justicia, posible ahora sólo en una investigación pública, objetiva y severa de las autoridades eclesiásticas que revele sin exageraciones ni defensas fanáticas las responsabilidades de Maciel y de todos los ministros acusados de pederastia y cargos similares. La invitación del Vaticano (cuya indagatoria sobre Marcial Maciel fue iniciada por Joseph Ratzinger cuando éste era jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe) para que el acusado abandonara la vida pública fue un avance; pero es tiempo de que como sociedad exijamos pleno reconocimiento de los hechos, así como congruencia de una iglesia más política que religiosa, y que en los últimos años parece ir en contra de libertades civiles tan elementales como la expresión artística, la enseñanza laica, un estado clerical no involucrado en política o el derecho a la salud pública, amén de que además se ha dedicado a comprar el silencio de las víctimas de abusos sexuales para evitar acciones judiciales que pongan a sus ministros en entredicho.
Y no, yo no anoto un “descanse en paz” ni le deseo tal descanso al criminal Marcial Maciel. Nuestra dignidad como sociedad y la conciencia nacional, laceradas por los nuevos delirios del clero mexicano (permitidos en los complacientes gobiernos panistas), no podrán descansar mientras no haya justicia y se recupere el respeto por los ideales liberales que nos han permitido alcanzar las citadas libertades civiles. Y sobre todo mientras no tornemos a ser una comunidad crítica e informada, en congruencia con esos ideales.
Para beneplácito de los jerarcas católicos, parece difícil discutir el tema ante la sociedad por el profundo arraigo de esta religión en la idiosincrasia nacional, y por la forma en que dicha circunstancia es usada por el estado eclesiástico para influir en la postura de la opinión pública. Sin embargo, es de sentido común concluir que el abuso sexual de menores es un crimen desde todas sus facetas, y ya han salido a la luz otros casos, como el de Nicolás Aguilar, que revelan el problema que presentan a la sociedad estas conductas persistentes. Sabiendo que, en contraste a otros países, en Latinoamérica basta la influencia cultural del clero para garantizarle impunidad, el epitafio “descanse en paz” se antoja humillante y burlón ante las voces que reclaman justicia, posible ahora sólo en una investigación pública, objetiva y severa de las autoridades eclesiásticas que revele sin exageraciones ni defensas fanáticas las responsabilidades de Maciel y de todos los ministros acusados de pederastia y cargos similares. La invitación del Vaticano (cuya indagatoria sobre Marcial Maciel fue iniciada por Joseph Ratzinger cuando éste era jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe) para que el acusado abandonara la vida pública fue un avance; pero es tiempo de que como sociedad exijamos pleno reconocimiento de los hechos, así como congruencia de una iglesia más política que religiosa, y que en los últimos años parece ir en contra de libertades civiles tan elementales como la expresión artística, la enseñanza laica, un estado clerical no involucrado en política o el derecho a la salud pública, amén de que además se ha dedicado a comprar el silencio de las víctimas de abusos sexuales para evitar acciones judiciales que pongan a sus ministros en entredicho.
Y no, yo no anoto un “descanse en paz” ni le deseo tal descanso al criminal Marcial Maciel. Nuestra dignidad como sociedad y la conciencia nacional, laceradas por los nuevos delirios del clero mexicano (permitidos en los complacientes gobiernos panistas), no podrán descansar mientras no haya justicia y se recupere el respeto por los ideales liberales que nos han permitido alcanzar las citadas libertades civiles. Y sobre todo mientras no tornemos a ser una comunidad crítica e informada, en congruencia con esos ideales.
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