Soy economista, y por tanto estudié algo de teoría de los incentivos; mención hecha a propósito de mis colegas (en especial mis hermanos de alma mater) que lamentablemente pudieran pensar que toda nuestra noble profesión se reduce a sentirnos pírricamente importantes por hablar en términos crípticos: “¿Y qué opinas de la teoría de Heckscher-Ollin? Seguramente ya estudiaste el modelo de Diamond”... o más peligroso aún, creer por ello que debemos mantener el elitismo académico sobre otros profesionistas. Pensar en estos ecónomos que se forman dogmáticamente en modelos y matemáticas me aterra un poco; habiendo dejado al Colegio la impresión de ser estudiante eficiente, pero irreverente y poco interesado, me llevé a cambio esta perspectiva amplia y tolerante de los puntos de vista discordantes. En fin, este post pretende ser corto; el tema de los incentivos, por lo que sé, no llega a teoría; sin embargo, es un fundamento económico imprescindible en su simplicidad.
La teoría de los incentivos viene a propósito de la Ley Antitabaco que está ya cerca de aplicarse en el Distrito Federal. Yo por suerte ya no fumo; me enganché 5 años, y logré dejarlo después de 4 recaídas. Ahora me molesta el humo; sin embargo, daría mi vida por defender el derecho de cualquier fumador a encender un tabaco junto a mí – a fin de cuentas, siempre tengo el recurso de mandarlo al diablo a fumar a otro lado; entiendo que jurídicamente eso sería un acuerdo entre civiles, y de todas formas mis amigos fuman en las reuniones –. Desde mi óptica de economista, es perjudicial para el libre mercado la nueva obligación de separar las áreas de fumadores en sitios públicos, porque esta disposición eleva los costos operativos de los empresarios que atienden a fumadores; pero mi visión más valiosa es la del liberal que soy, y critica la acción de prohibir el consumo de tabaco en vez de desincentivar su consumo. No es igual convencer a la gente de dejar un hábito nocivo, a simplemente decir “nadie puede hacer esto que está prohibido”.
Entre otras cosas, la teoría comunista del visionario Karl Marx pugnaba por la satisfacción de todas las necesidades de las personas, ello a través de la asunción de todas las funciones del Estado por parte del pueblo (lo cual de hecho implica la disolución del Estado como institución supraciudadana). Su error a la práctica fue simplemente creer que el administrador público puede y debe proveer de todos los satisfactores a la gente. He aquí la falacia, el estado debería proveer las condiciones para que los individuos ejerzan su más completa libertad de decidir el camino que los llevará a la felicidad – sin importar si se equivocan en el trayecto –, y de rectificar sus decisiones. Por ello es irrisorio concebir un estado satisfactor: tal cosa implicaría conocer a cada uno de sus subordinados, o bien imponerles el criterio de los dirigentes del pueblo sobre lo que les es más conveniente, anulando así la más elemental libertad de decidir, que es el pilar del libre mercado occidental. Por eso decimos que quien parte y reparte, …
Contra el consumo del tabaco se han implementado desde hace décadas impuestos especiales, que los economistas llamamos pigouvianos; éstos tienen la función de elevar sustancialmente el precio al público de un bien para que menos gente esté dispuesta a consumirlo. Sin embargo no funcionan como incentivos, porque los bienes adictivos poseen demandas inelásticas: no importa cuán caros o difíciles de conseguir se vuelvan, seguiremos fumando, bebiendo y aspirando heroína al mismo ritmo. A lo que voy con todo este asunto es a que una política pública como la que nos atañe debería elaborarse en base a incentivos y no a prohibiciones; y en todo caso, el libre albedrío es una facultad inalienable del ser humano. No nos hace falta un Estado presto a salvar las vidas de sus ciudadanos a costa de su libertad; sacrificar el libre albedrío no es cuestión de grados, porque es tan lesivo a la libertad prohibir el cigarro como prohibir la crítica al gobierno en turno, la manifestación colectiva o la libertad de prensa. Un pueblo que permite con su indiferencia la alienación paulatina de sus derechos terminará capturado por las clases en el poder; y en México esas clases convergen en un grupo oscuro y represor que busca precisamente que su poder crezca sobre el libre albedrío ciudadano, destacando en ese grupo la iglesia católica, la elite empresarial y los conservadores de la derecha panista.
En resumen, como exfumador me solidarizo con quienes sí se han animado a protestar por la restricción absurda de fumar – algunos intelectuales y gente de izquierda como Nicolás Alvarado –, y enciendo un tabaco simbólico a su causa. Si la ALDF busca menos contaminación - por increíble que parezca se llegó a manejar este argumento para justificar la reforma -, podría incentivar a los centros de verificación a regularizarse y mantenerlos monitoreados, y también obligar a la industria a ser limpia y con verdadera responsabilidad social, antes que perder el tiempo en sandeces.
La teoría de los incentivos viene a propósito de la Ley Antitabaco que está ya cerca de aplicarse en el Distrito Federal. Yo por suerte ya no fumo; me enganché 5 años, y logré dejarlo después de 4 recaídas. Ahora me molesta el humo; sin embargo, daría mi vida por defender el derecho de cualquier fumador a encender un tabaco junto a mí – a fin de cuentas, siempre tengo el recurso de mandarlo al diablo a fumar a otro lado; entiendo que jurídicamente eso sería un acuerdo entre civiles, y de todas formas mis amigos fuman en las reuniones –. Desde mi óptica de economista, es perjudicial para el libre mercado la nueva obligación de separar las áreas de fumadores en sitios públicos, porque esta disposición eleva los costos operativos de los empresarios que atienden a fumadores; pero mi visión más valiosa es la del liberal que soy, y critica la acción de prohibir el consumo de tabaco en vez de desincentivar su consumo. No es igual convencer a la gente de dejar un hábito nocivo, a simplemente decir “nadie puede hacer esto que está prohibido”.
Entre otras cosas, la teoría comunista del visionario Karl Marx pugnaba por la satisfacción de todas las necesidades de las personas, ello a través de la asunción de todas las funciones del Estado por parte del pueblo (lo cual de hecho implica la disolución del Estado como institución supraciudadana). Su error a la práctica fue simplemente creer que el administrador público puede y debe proveer de todos los satisfactores a la gente. He aquí la falacia, el estado debería proveer las condiciones para que los individuos ejerzan su más completa libertad de decidir el camino que los llevará a la felicidad – sin importar si se equivocan en el trayecto –, y de rectificar sus decisiones. Por ello es irrisorio concebir un estado satisfactor: tal cosa implicaría conocer a cada uno de sus subordinados, o bien imponerles el criterio de los dirigentes del pueblo sobre lo que les es más conveniente, anulando así la más elemental libertad de decidir, que es el pilar del libre mercado occidental. Por eso decimos que quien parte y reparte, …
Contra el consumo del tabaco se han implementado desde hace décadas impuestos especiales, que los economistas llamamos pigouvianos; éstos tienen la función de elevar sustancialmente el precio al público de un bien para que menos gente esté dispuesta a consumirlo. Sin embargo no funcionan como incentivos, porque los bienes adictivos poseen demandas inelásticas: no importa cuán caros o difíciles de conseguir se vuelvan, seguiremos fumando, bebiendo y aspirando heroína al mismo ritmo. A lo que voy con todo este asunto es a que una política pública como la que nos atañe debería elaborarse en base a incentivos y no a prohibiciones; y en todo caso, el libre albedrío es una facultad inalienable del ser humano. No nos hace falta un Estado presto a salvar las vidas de sus ciudadanos a costa de su libertad; sacrificar el libre albedrío no es cuestión de grados, porque es tan lesivo a la libertad prohibir el cigarro como prohibir la crítica al gobierno en turno, la manifestación colectiva o la libertad de prensa. Un pueblo que permite con su indiferencia la alienación paulatina de sus derechos terminará capturado por las clases en el poder; y en México esas clases convergen en un grupo oscuro y represor que busca precisamente que su poder crezca sobre el libre albedrío ciudadano, destacando en ese grupo la iglesia católica, la elite empresarial y los conservadores de la derecha panista.
En resumen, como exfumador me solidarizo con quienes sí se han animado a protestar por la restricción absurda de fumar – algunos intelectuales y gente de izquierda como Nicolás Alvarado –, y enciendo un tabaco simbólico a su causa. Si la ALDF busca menos contaminación - por increíble que parezca se llegó a manejar este argumento para justificar la reforma -, podría incentivar a los centros de verificación a regularizarse y mantenerlos monitoreados, y también obligar a la industria a ser limpia y con verdadera responsabilidad social, antes que perder el tiempo en sandeces.
4 comentarios:
Ok...
1.-como tu compañero y hermano de alma mater, si creo q debemos ser nuestros primeros criticos, y que el dia q dejemos de vernos al espejo perderemos toda objetiidad. Por lo tanto considero necesario el ser humildes en la profecion, no sabemos más que cualquier persona que se dedique casi 5 años de su vida a observar modelos series de mercado... Sin embargo, nuestro merito tenemos por hacerlo, y estoy orgulloso de ser economista, pero también se, que lo que sabemos sera inutil si no lo aplicamos en nuestro favor y lo demas.
Ahora, en cuanto a la ley anti.tabaco, solo tengo q decir q nos hace falta un "Voltaire" que les e en su madre a estos "new" hijos de "Rosseau"...
Un abrazo bro..
Pd. ya hay q vernos el sabado para el plan de negocios.
Tienes toda la razón, hermano, no sabemos más que un analista que observe series y modelos durante 5 años, pero sin duda no sabemos menos; recuerda aquello, hay infinitas formas de llegar de un punto a otro. De otra parte, algo tan simple como este sencillo ejercicio de debate y de reflexión debería ser el común denominador de una sociedad plural y desarrollada, ¿no crees? No fumo pero tolero a mis compañeros fumadores en las reuniones; no soy religioso pero puedo entrar circunspectamente a una liturgia de cualquier congregación; y puedo sentarme a platicar tolerantemente con quienes condenan las libertades y desearían un estado policial - aunque me cueste mucho trabajo, lo tolero porque me he comprometido a ello -.
Favorcísimo, comentemos únicamente en relación al post; personales, en persona ;), saludos.
El fin de semana pasado fui a un antro y me pidieron "por favor" que apagara mi cigarro.... Solo opino una cosa (yo no se de economia ni esas cosas) que se vayan a la pinga los del gdf ahora estan viendo los amparos para que puedas fumar en ciertos establecimientos jajajajajaja eso es un robo sin armas
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